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Mons. Carrara: “Contemplamos las lágrimas y el rostro de María, porque no hay amor más grande a Jesús que el de su Madre”

El lunes 15 de septiembre, nuestro Arzobispo Gustavo Carrara, presidió el Jubileo de la Catedral y la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores.

Participaron como concelebrantes, el Obispo Auxiliar, Mons. Jorge González, quien celebró de manera particular su quinto aniversario de consagración episcopal; los párrocos de los templos que integran el Decanato B de la arquidiócesis (Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora de la Victoria, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de Lourdes, Nuestra Señora de Luján, Nuestra Señora de Pompeya, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Nuestra Señora del Pilar y San Cayetano), entre otros sacerdotes.

Ante varios fieles de esas comunidades reunidos para compartir la Eucaristía y recibir las indulgencias en este Año Jubilar, Mons. Carrara destacó en su homilía: “Hoy, como parroquias de la zona peregrinaron a esta Catedral, son el Pueblo de Dios peregrino, peregrino de esperanza que viene a saludar y celebrar a su Madre, Nuestra Señora de los Dolores”.

Retomando la narrativa bíblica, recordó cuando la Virgen y San José llevaron al Niño al templo a los 40 días para presentarlo: “Cuando rezamos el rosario, este misterio lo contemplamos como cuanto misterio de gozo”, señaló nuestro pastor, quien recordó que allí la Virgen recibió una profecía, donde se le dijo que una espada atravesaría su corazón.

Recordó también aquellos pasajes de la Biblia en los que María sufre por su Hijo, como cuando ella y San José debieron huir y sufrir en Egipto a causa de que el Rey Herodes quería asesinarlo por temor a perder el poder, también cuando María no lo encontraba en el templo y cuando lo acompañó al momento de cargar la cruz.

“Es su propio Hijo, el Hijo que el Padre le había confiado parece terminar de la peor manera. Ella lo ve en ese viacrucis, pero lo ve también crucificado, y ella está el pie de la cruz de Jesús, escuchando cada una de las siete palabras que Él decía”, continuó Mons. Gustavo.

María -señaló- ve morir a su hijo desnudo en la cruz y no hay dolor más grande, no hay dolor más desgarrador que el de la Virgen, porque no hay amor más grande a Jesús, su Hijo, que el de esta Madre. Ese dolor es proporcional al amor que ella le tiene y por eso hoy la contemplamos, contemplamos sus lágrimas, su rostro, y vemos que la profecía se cumple, una espada atravesó su corazón”.

Subrayó cómo María recibe a su difunto hijo en sus brazos y luego es llevado al sepulcro, donde allí ella se convierte en Nuestra Señora de la Esperanza. “Sin entender demasiado, ella sabe en su corazón que el amor vence a la muerte, y como lo relata una hermosa tradición, que no la tenemos en la Biblia, que a la primera persona que se le aparece Jesús resucitado es a su Madre”, manifestó el Arzobispo.

Al momento de presentar el pan y el vino, un grupo de niños se acercó hacia el centro del altar portando diferentes banderas de distintas nacionalidades como símbolo de unidad entre hermanos, que luego ofrecieron a los pies de la Virgen.

En otro de los momentos emotivos de la celebración, los párrocos encendieron una vela para poner a sus comunidades parroquiales en las manos providentes de la Virgen Santísima.

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